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Una mirada cómplice nos recibe apenas cruzamos las puertas revolventes del nuevo Rosewood Puebla. Los ojos del gigantesco equino de acero y bronce, parte de la colección Lapidarium del artista mexicano Gustavo Aceves. El cuerpo del caballo, trazado por un costillar expuesto, continúa el juego de líneas metálicas que, bajo él, dibujan una barca deteriorada por el viaje. La pieza, elegida por Constanza Lameiras, curadora de arte de Rosewood Puebla, desde que estuvo expuesta en la Puerta de Brandenburgo en Berlín en 2015, reúne en el mismo volumen, a la barca de Caronte, encargada, según los griegos, de guiar a los fallecidos al inframundo, y recuerda al caballo de Troya. Es, de acuerdo al artista, una alegoría del camino del migrante que emprende una travesía al que habrá de convertirse su nuevo hogar.

La llegada de Rosewood se suma al proyecto de recuperación del “verdadero centro de Puebla”, como Eric llama a esta zona de la ciudad que, a principios del siglo XVIII, las crecidas del río volvieron inhabitable y obligaron a los pobladores a fundar el Centro Histórico que sobrevive, un kilómetro al oeste, hasta hoy. Además del hotel, el plan integral de recuperación contempla también espacios de entretenimiento, comercio, oficinas y un jardín etnobotánico con especies endémicas del estado.

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Hoy, el hotel ha abierto sus puertas y el recorrido, de la mano de Constanza, es el contrapunto perfecto a los paseos que hicimos cuando los pasillos permanecían en penumbra y las paredes cerraban espacios tan habitables como los de un estacionamiento al aire libre. Para quienes visitamos la obra y no logramos imaginar la relación entre los huesos del edificio y una estancia agradable, la cuidada selección y ubicación de las piezas de arte –luminosas, divertidas, extravagantes, irreverentes y elocuentes– se convirtió en un significativo punto final. Su presencia englobaba las intenciones del proyecto y las fortalecía con la categórica belleza de la realidad.