Un grupo de niños y jóvenes intenta domesticar el mar. Arremolinados, cada uno con su tabla, desde la costa parecen una jauría negra o un grupo de lobos marinos desesperados; sus trajes pegados al cuerpo los hermana y por momentos se vuelven uno, una mancha. Chapotean, se trepan a las tablas, caen, uno se levanta y logra permanecer de pie sobre ella por unos instantes, los otros lo festejan. Roberto casi no interviene, ellos deben aprender así, caída y nuevo intento. Unos metros más atrás, un par de surfistas con más experiencia se trepan a una ola que cae en picada trayéndolos hacia la costa de piedras.

Está nublado y frío; el cielo y el mar son una plancha de acero indiferenciada; una sola, como ellos. Hay una bruma sutil sobre el mar que pareciera distinguir a los novatos de los más expertos, pero aun así todos ellos están aprendiendo. Y aunque Roberto casi no interviene no les quita los ojos de encima.

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Una escuela al aire libre, eso es hoy esta playa limeña. Y Roberto Meza es su director. Desde hace 16 años se levanta a primera hora, recibe a sus grupos en la costa, los alienta, aconseja, enseña, da instrucciones y luego los suelta para que pongan en práctica toda la sabiduría surfer, que no es poca. Y ellos van, con confianza, atravesando las piedras y la rompiente, esperando las olas que los lleven de vuelta a la costa, se dejan golpear por ellas y no temen caerse en mil intentos porque no hay riesgo ni amenaza natural que pueda romper el encanto de domesticar el mar.

Perú es uno de los países latinoamericanos con más tradición en surf y que ostenta algunas de las mejores playas para practicarlo. Allí no sólo existe la ola más larga del mundo, en Chica- ma, a unos 200 km de Lima, sino también una de las más grandes, en Punta Hermosa, a 45 km de la capital. Podría parecer una obviedad que en un país con más de 2,000 km de costa existan aficionados a los deportes acuáticos; lo que no se puede adivinar es que este deporte esté tan arraigado a la cultura popular.