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A medida que el avión se acerca a Cusco y vuela sobre los Andes peruanos, las ventanillas dejan ver la cima de las empinadas montañas. Esta escena, sumada a los rayos de sol que se cuelan por el lado izquierdo del avión, envuelve el blanco de la cabina en los cálidos tonos terrosos que acompañarán, permanentemente, la travesía.

Al aterrizar, el cuerpo se siente pesado y el corazón late más rápido. Y es que a 3,400 metros sobre el nivel del mar, el mal de altura es garantía. Pero ahí, en donde la primera postal de Cusco aparece, se encuentra la cura, porque la bienvenida corre a cargo de las hojas de coca que hay que poner debajo de la lengua, sin masticar, para sentir que el aire regresa al cuerpo al tiempo que nos proponemos recorrer el camino en dirección al Valle Sagrado.

Descubre las fotografías de Juan Pablo Espinosa en su recorrido por uno de los lugares más fascinantes de Sudamérica.

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