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Caen la nieve y los grados. Whistler no esconde sus bellezas para el ski y los deportes invernales.

Es marzo ya, pero los esquiadores y snowboarders siguen bajando por las colinas de blancos impolutos.

Menos 5 grados centígrados marca el termómetro, aún así las góndolas y sillas se llenan de deportistas.

Foto: Enrique Navarro
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Las estaciones marcan los inicios de las pistas: verdes, para los más novatos; azules, para los intermedios, y negras para los más experimentados.

Es marzo, la víspera de la primavera, pero uno puede deslizarse como si fuera pleno invierno. De hecho, la instructora de esquí que nos acompaña ha previsto que este año, la nieve se irá a principios de mayo.

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Ya luego será oportunidad de la bici de montaña y campo traviesa.

Foto: Enrique Navarro

Pero ahora es tiempo de los copos, ligeras plumas blancas que se quedan en los guantes. Uno los ve de frente, a través de los visores.

Se sienten, ya convertidos en un encarpetado blanco, bajo los esquís que se rentan al pie de las montañas Blackomb y Whistler.

De pronto, no se sabe cómo, la nieve se cae de los hombros mientras uno contempla las montañas entrelazadas unas con otras.

En la cima de la montaña

Bajo un sol que quema a pesar de la temperatura ambiente, uno descansa en las estaciones.

No es casualidad que en 2010, esta fuera la sede de las Olimpiadas de Invierno y que la Copa de Ski Aeroméxico se celebre aquí anualmente.

Ahí se bebe café y se degusta un pulled pork con papas, queso y gravy, para recuperar energías.

Y se escuchan acentos de todas partes del mundo: el español argentino, de quienes dejaron la Patagonia durante el verano; el español que se escucha en México, de quienes buscan unas últimas vacaciones antes de cerrar el primer trimestre del año.

Foto: Enrique Navarro

Bajar de las montañas tiene sus recompensas. La primera es el viento en la cara, la segunda la inmensidad de este conjunto montañoso a la vista, la tercera es la adrenalina.

A las faldas también hay premios como el Après Ski, tradición de beber cervezas locales mientras se intercambian las experiencias que dejó la nieve.

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Pero la mayor recompensa de todas es la memoria. Aún cuando uno vuelve a su lugar de origen, siempre recordará el car de la nieve y los grados. Esas plumas blancas.

Foto: Enrique Navarro