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Después de cinco años como periodista de video en Sudamérica he encontrado que una sana dosis de humor es esencial para el trabajo. Ayuda a digerir temas “pesados” como conflictos, desastres y asuntos políticos.

La primera vez que visite esta parte del Amazonas pude grabar a un pescador atrapando una arapaima gigante (¡un pescado de 200 kilógramos!) en un lago.

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En esta segunda ocasión llegué a la tierra de los indígenas arara tras cuatro horas en bote desde Altamira, la ciudad principal más cercana a esta región, y tres vuelos en avión desde Sao Paulo. Todos hablan su idioma ancestral y muchos ancianos se niegan a hablar portugués. Aseguran que la selva es buena con ellos y les da vida.

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Comencé por grabar a los locales bajando de un pequeño bote. Habían descargado unos monos muertos que traían para cocinar. Como otras tribus del Amazonas, los arara mezclan lo tradicional y lo moderno. Su comunidad tiene una escuela y clínica de gobierno, los jóvenes miran videos musicales en sus teléfonos, aunque también les encanta ir de cacería juntos. Un generador eléctrico proporciona electricidad por cerca de tres hora en la noche. La mayoría se viste al estilo occidental, pero algunos llevan plumas de loro en la cabeza.

Los locales están orgullosos de su clínica, donde una enfermera del gobierno vive las 24 horas del día. Los ancianos aseguran que en el pasado todas sus enfermedades eran curadas con los remedios que ofrece la selva, aunque a veces algunos morían.

Seguimos a un anciano dentro del bosque en su camino a cortar bananas. Los arara están apegados a su cultura, viven de la pesca, la caza y preservan la naturaleza. Aseguran que “el hombre blanco solo sabe destruir su tierra”.

Pasada la tarde hubo una conmoción en la comunidad. Estábamos hablando tranquilamente con la enfermera en la clínica, cuando todo el pueblo se precipitó hacia los árboles. Cada persona en una dirección diferente. Los hombres corrieron con lanzas y armas en las manos. Se veían excitados.

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Un poco después escuché voces y pasos acelerados de regreso en el camino principal. Los hombres estaban regresando con las manos vacías, extrañamente estaban contentos. Unos minutos después los seguían las mujeres y los niños llevando pedazos de un cadáver de jabalí. Amplías sonrisas. Dos mujeres equilibraban un tubo sobre sus hombros, delante y detrás, con un trozo de carne colgando. Un niño que traía una pierna me sonrió.

En Brasil hay alrededor de 800,000 indígenas de 305 grupos étnicos, regiones llenas de historias por contar y mucha naturaleza por admirar.