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Una cara en el pasado y un pie bien puesto en el futuro, así es como se presenta la antigua capital de Japón.

Desperté del sueño cuando dos mujeres diminutas cercenaban mi cintura con la cólera de mil dragones. ¿De dónde salía tanta fuerza? Descalzo, sobre una nube de tatami, me envolvían en un kimono negro. El letargo, que comenzó en un camino de arrozales desde Osaka, desaparecía al tiempo que trataba de reconocer los espacios, motivado por el aroma del té verde queme ofrecía una de las dos ninjas petite que me habían arropado. Colores madera,muebles chaparros y una paz templada en la estancia. “Kon’nichiwa. Bienvenido a Kioto”.Mis primeras impresiones sobre la antigua capital de Japón cobraban vida en el interior del recién inaugurado Ritz-Carlton Kioto, levantado de cero en el espacio que ocupaba una milenaria casa japonesa a un costado del río Kamogawa. Debo decir que en ningún hotel de la famosa cadena había sentido un espíritu tan auténtico, tan local. Los detalles en el diseño y el interiorismo logran un equilibrio entre la inmaculada tradición ancestral y sus detalles contemporáneos; sutiles pero notables. Dan ganas de adentrarse en su cultura y dejarse enamorar para siempre; de aprender a verse como parte de un todo y olvidarse de sí; de ser de una vez y por todas un hombre honorable; pero de lo que dan más ganas es de bajar a cenar primero.

Kioto, la intocable

Durante su luna de miel, el secretario de Guerra estadounidense Henry L. Stimson visitó Kioto. Cuando a éste le encargaron la misión de bombardear Japón durante la Segunda Guerra Mundial, le fue imposible atacar Kioto. Es la única ciudad que permaneció intacta en todo Japón, junto con el patrimonio cultural que la hace grande. Siendo capital del país (Kioto quiere decir “ciudad capital”) y sede de la Corte Imperial hasta 1868, el acervo histórico, los edificios de preguerra y los tesoros nacionales se mantienen majestuosos desde su origen.

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En Kioto encontré lo japonés. Con la mirada, alcancé sus formas. Se respira lo sublime de su esencia. Las enseñanzas que se desprenden de su idiosincrasia se abrazan y se hacen propias. Valores losó cos de respeto y austeridad diseñan la identidad de la ciudad, lo cual dista mucho de significar antiestética o deterioro.

Sanjo y Shijo, diseño y té

Cercado por el mercado Nishiki –un pasillo de medio kilómetro de largo en donde se vende comida, ores, encurtidos, artesanías y hasta se puede encontrar un izakaya (típica cervecería japonesa)– está el barrio de Sanjo. Sin llevar algún tipo de mapa, opté por perderme en sus calles. Además de toparme con innumerables cafeterías y las papelerías más hermosas que jamás haya visto, me encontré con tiendas de diseño como la Kyoto Design House, dentro del edificio Niwaka del arquitecto Tadao Ando.