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Esto es lo que me imaginaba cuando supe por primera vez que vendría a Seúl. Esto es, supongo, lo que muchos se imaginan. Estoy parada en el observatorio del piso 123 de la Lotte World Tower, el quinto edificio más alto del mundo, y debajo de mí hay oficinas, departamentos, el hotel Signiel –humildemente anunciando como “el mejor hotel de súper lujo del mundo” en su página de internet–, un museo y un centro comercial tan grande que en su directorio se lee tanto 7-Eleven como Balenciaga.

El edificio, al que el término “rascacielos” le queda casi corto, tomó seis años en construirse, y desde su apertura en abril del año pasado, no hay vuelta atrás: es im- posible negar su presencia, es visible desde prácticamente toda la ciudad. Hasta en los días más nublados de nuestro viaje es posible ver su silueta, un constante recordatorio de que al distrito de Songpa-gu, el futuro ya llegó.

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No voy a negar que ver a esta megatorre todos los días es impresionante, que acercarme a su imponente tamaño e intentar tomar una foto sin torcerme el cuello es todo un reto, pero la verdad, me impresiona más desde aquí arriba. Desde donde me permite hacer una de las cosas que más me gustan en la vida: observar. A la gente que camina alrededor del observatorio, tratando de reconocer los edificios y los parques desde arriba; a los que desafían el vértigo y se paran sobre el piso de cristal para sentir que vuelan sobre la ciudad. Pero, sobre todo, desde aquí puedo observar Seúl.

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Puedo ver el nuevo Seúl, con sus edificios supersónicos, sus tiendas de diseñador; ubico la zona donde se encuentra el palacio Gyeongbokgung, cargada de historia en cada rincón. Me sorprende el tamaño del parque Namsan, que le regala a la ciudad más naturaleza de la que imaginé, y el río Han, que más que dividir Seúl, la conecta. Porque en esta ciudad hay espacio para el pasado y el presente, para la madera y el neón, y para todo lo que nos podamos imaginar cuando volteamos a ver hacia el cielo.

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Texto: Cristina Alonso