La lectura es un acto que exige abandonarnos para abrir paso a la historia de otra persona y a la voz de otro narrador. De ahí que las bibliotecas sean concebidas como un espacio silencioso, capaz de detener el tiempo.

Por ello, los amantes de los libros se han encariñado también con los recintos que los acogen, pero cuando además de su función, el diseño de estos edificios se cuida de tal manera que su arquitectura se convierte en un motivo de inspiración por sí misma, los lectores tienen un double jackpot.

Estos son tres ejemplos de lugares que combinan belleza arquitectónica y literaria.

George Peabody

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Baltimore, Estados Unidos

George Peabody (1795-1869) fue un comerciante estadounidense de lana, quien antes de su muerte donó una considerable cantidad de dinero para fundar The Peabody Institute Baltimore, un proyecto que incluía una galería de arte, una sala de conciertos y la biblioteca.

El arquitecto Edmund Lind (1829-1909) ganó el concurso para construirlo y el edificio quedó terminado en 1878.

Se trata de la biblioteca de la Universidad de Johns Hopkins y es conocida por ser dueña de una de las colecciones más importantes de la novela Don Quijote de la Mancha.

Sucursal de la biblioteca pública de Taipéi en Beitou

Taiwán

Fue inaugurada en el 2006, bajo la mirada del arquitecto Kuo Ying-chao, quien definió su trabajo ante la prensa como “el intento de construir una biblioteca que puede respirar”.

El diseño está inspirado en la época colonial de Taiwán bajo el dominio de Japón y ha sido ganador de reconocimientos como el Premio a la Excelencia para la Construcción Ecológica de la Ciudad de Taipei, ya que para su construcción se utilizó madera proveniente de bosques sustentables y aceites para proteger la estructura, extraídos de madera natural.

El lugar alberga más de 63 mil libros, incluida una gran colección sobre conservación ecológica.

Biblioteca de la Universidad Pompeu Fabra

Barcelona, España

La construcción pertenece a un antiguo depósito de las aguas de finales del siglo XIX en cuyo diseño participó Antoni Gaudí cuando era un joven arquitecto.

Después de cien años de diferentes usos, entre ellos asilo municipal, almacén de los bomberos, vestuario y archivo de justicia, pasó a ser propiedad de la Universidad en 1992 y en 1999 se convirtió en su Biblioteca General.

Visualmente, se aprecia como un laberinto de arcos paralelos de 14 metros de altura que se entrecruzan y se extienden a lo largo de 65 metros.