Este recorrido en busca de la nueva Jordania es ir al encuentro de uno mismo. La vista, ese sentido que solemos privilegiar los viajeros, no sirve para ver Jordania.

En ocasiones habrá que aceptar la derrota: guardar la cámara y reconocer que ninguna lente es capaz de captar eso que se siente cuando, después de caminar por décadas hacia todos lados, un día por fin somos capaces de escuchar nuestros propios pasos.

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Así se siente cuando visitas una noche el silencio de la gran Petra, la ciudad antigua más famosa en territorio jordano, para la que cualquier apelativo es un triste eu- femismo. Así también se siente nuestra primera marcha por el país más occidental de Medio Oriente: mientras recorres el relativamente pequeño territorio jordano, te enterarás de cuánto español no sabes, de cuántas palabras no se han inventado aún para contarle a tu familia lo que viste acá.

Una cosa sí es segura, a tu regreso la visión del mundo habrá virado sutil pero permanentemente. En ningún otro sitio como en Jordania se puede estar presente, en tiempo continuo –pasado, presente y futuro están todos a flor de piel–, la división entre Oriente y Occidente, y, aún más extraño, el coqueteo entre esas dos concepciones del mundo, que tampoco cesa. El itinerario de un visitante moderno no hace más que profundizar esas líneas: sólo se debe ir a Jordania si uno está preparado para caminar por la historia, por nuestra historia.