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Lo diré con simpleza: Islandia es un paraíso. Al menos, en mi memoria.

El avión aterrizó en una pista rodeada por un campo irregular de lava petrificada y flores violetas. El aire frío del verano era suavizado por un sol persistente, que sólo deja de mostrarse en invierno. A unos kilómetros de allí, un par de volcanes y un géiser pequeño desprendiendo una nube desproporcionada de vapor a un cielo perfectamente azul.

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En mi imaginación, Islandia era un oasis en medio del mar del norte, hecho de lava y hielo, con un paisaje difícil de describir, y un clima imposible que sólo podía sobrellevarse gracias a una poderosa vida comunitaria; en la realidad, es algo parecido. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Islandia es uno de los países con mejor nivel de vida, pero hace unos cien años era una nación pobre y analfabeta que sobrevivía de la pesca. Islandia es un país rico, ambientalmente responsable, en el que la salud y la educación están garantizadas en forma gratuita para sus habitantes. Los estudios resumen este nivel de desarrollo con un estado de ánimo: los islandeses son un pueblo feliz.

¿Dónde quedan entonces los largos inviernos y los veranos sin noche, el clima impredecible y el aislamiento geográfico? Después de recorrer durante siete días gran parte de la isla, llegué a la conclusión de que su emotional landscape, como lo definió su hija pródiga, Björk, tiene algo que ver en ello.