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Dos movimientos que nacieron de la resistencia y la lucha por una ciudad en crecimiento. Oscar Niemeyer y Lina Bo Bardi dejaron mucho más que arquitectura a su paso por São Paulo. En los años 30, 40 y 50 hubo una fecunda oleada de optimismo en Brasil. La acelerada industrialización, el crecimiento vertiginoso de las ciudades y el surgimiento de una nueva clase media urbana parecían demostrar que el pasado agrícola y provinciano había quedado atrás. Llegaba el progreso, transmitido por las antenas de radio y la pantalla en blanco y negro de los televisores.

La efervescencia se sentía en la música (con el nacimiento de la bossa nova), el cine y las artes visuales. En la arquitectura, una nueva generación de profesionales entraba en escena para legar un acervo genuinamente brasileño pero en sintonía con las principales problemáticas de la vanguardia internacional. ¿Cómo incorporar las lecciones aprendidas del modernismo europeo –la modulación de las estructuras de Mies van der Rohe, los marcos decorativos de Frank Lloyd Wright o los principios racionalistas de Le Corbusier– a un paisaje de tipo tropical con clima caliente?

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Diseñada de cero por Lucio Costa y Oscar Niemeyer, Brasilia fue el arrebato más osado de la aventura moderna, pero dista mucho de haber sido el único. Cual metrópolis cosmopolita y corazón financiero del país, São Paulo escribió un capítulo importante de esta tendencia acogiendo proyectos revolucionarios durante cinco décadas del siglo xx.

Niemeyer, el monumental

Oscar Niemeyer, quien falleció en 2012 a los 104 años, dejó un legado de más de 100 obras, muchas de ellas en São Paulo. Fue en el uso abundante del hormigón armado y de la línea curva –“la curva libre y sensual que encuentro en las montañas de mi país, en el cauce sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida”, en palabras del arquitecto– que el entonces joven Niemeyer encontró las directrices de su concepción poética de las formas. “La belleza es importante. Si nos preocupamos sólo de la función, el resultado es malo”, solía repetir hasta la saciedad el vencedor del premio Pritzker.

Inaugurado en 1954, el parque Ibirapuera es considerado su creación más importante de la etapa anterior a Brasilia. El parque de Niemeyer, formado por un conjunto de dedicaciones de uso cultural dispuestas en una enorme área verde, consta de formas puras y blancas, como la semiesfera (el edificio Oca) y el trapecio (el auditorio), ambos unidos por una marquesina ondulada. Al dar un paseo por el par- que, el visitante no dejará de notar la proliferación de rampas, la particular disposición de los pilares
y la relación asimétrica pero muy bien calculada de los volúmenes y espacios libres. “Creo que Niemeyer, junto con João Gilberto, es el artista brasileño más importante del siglo xx por su resonancia, su capacidad de filtrar una serie de condiciones del país en una estética moderna que sintetiza una serie de cosas y se vuelve legible para el mundo”, le escuché decir al profesor de la Universidad de São Paulo y curador de la última Bienal de Arquitectura de São Paulo, Guilherme Wisnik.