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La mayor de las islas Caimán y yo tenemos una cuenta pendiente desde hace más de una década. Para ser totalmente honesta, no estaba segura de que tendríamos la oportunidad de saldarla, pero si algo tiene el Caribe son razones para hacernos regresar cuando menos lo esperamos.

Stingray City

Mi primera visita a esta isla fue cuando era adolescente y fue muy breve, visité Stingray City, la atracción consentida del destino: un banco de arena ubicado a varios kilómetros de la costa donde se reúnen decenas de mantarrayas de todos tamaños a convivir en total paz con seres humanos. El problema fue que nunca entendí el concepto de “total paz” y, después de un par de segundos en el agua, me regresé aterrada al catamarán sin haber convivido con las amigables mantarrayas.

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En esta ocasión tengo otra oportunidad para volver a nadar con ellas. Y aunque tengo que aceptar que paso los primeros minutos volteando a mi alrededor como si estuviera rodeada de las anguilas de La sirenita, me relajo cuando la primera mantarraya choca contra mi pierna. Como era de esperarse, no pasa nada. Y ahora puedo concentrarme en todo lo demás: el agua templada y transparente que, a pesar de estar muy lejos de la playa, apenas nos llega a los hombros; la piel de las mantarrayas, sorprendentemente suave. Y de esto se trata Stingray City, después de todo. Deuda saldada.

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No es que me sienta particularmente valiente después de mi hazaña, pero al llegar a tierra firme, decidimos ir a premiarnos con un coctel. Cuenta el chisme que en The Ritz-Carlton preparan la mejor piña colada de la isla, una declaración que no debe tomarse a la ligera. Nos sentamos en el pool bar a ver el bartender preparar la mezcla sin mucha ceremonia: ron Diplomático, jugo de piña, crema de coco. Nos entrega el coctel justo mientras el sol se pone sobre la interminable franja de mar y arena de Seven Mile Beach, y puede que eso sea parte del plan maestro, pero funciona.

Georgetown

Nos dirigimos a Georgetown, la capital de la isla. Al entrar en The Brasserie, nos encontramos con un refugio tropical lleno de plantas y detalles en madera que ofrece una experiencia que, a diferencia de las mantarrayas y las piñas coladas, no esperábamos encontrar por estas latitudes: cocina farm to table. Y es que Gran Caimán presumirá una enorme belleza natural, pero nunca se ha hablado mucho de los frutos de su tierra. Eso no es problema para los chefs Dean Max y Artemio López (nuestro compatriota), quienes se han encargado de hacer del patio trasero del restaurante un paraíso del que obtienen vegetales, frutas y hierbas fresquísimos para convertirlos en las estrellas del menú.

Crystal Caves

Al paso del agua hay que agradecerle también la existencia de una de las más nuevas razones para explorar Gran Caimán: las Crystal Caves. Y es que en una isla donde el edificio más antiguo corresponde a finales del siglo xviii –Pedro St. James, sede del primer Parlamento de las islas–, la verdadera historia la cuentan estas cavernas subterráneas, que empezaron a recibir visitantes hace poco más de tres años, pero llevan millones invertidos en su elegante formación. Entre caminos marcados con determinación a través de la selva, nuestro guía nos lleva a explorar las tres cuevas, con la advertencia de que algunas son la casa de familias de murciélagos que, en cualquier momento, pueden salir a saludar.

Al caminar hasta el último rincón de la última caverna, nos espera un pequeño lago de aguas cristalinas, que nos recuerda con elocuencia que todo esto alguna vez perteneció completamente al mar Caribe.

por Cristina Alonso