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Siempre hay excusas para no intentarlo. Esta mañana tengo varias. Estamos en el lobby de Sunbuggy, listos para explorar las dunas desérticas que rodean Las Vegas en un vehículo de llantas grandes y una estructura casi nula que me pone un poco nerviosa. Manejar no es mi actividad favorita, y no estoy segura de que hacerlo en un terreno lleno de rocas y pendientes me vaya a hacer cambiar de opinión. Se me ocurre entonces que no traje mi licencia, así que seguramente no me van a dejar manejar. No hay problema, me dicen. Otro obstáculo: mis lentes, sin los cuales me es imposible manejar, no van a caber debajo del casco. Claro que caben, me demuestran. Se me están agotando las excusas. No hay más: hoy toca manejar en el desierto.

Después de ver el video de seguridad, nos dirigimos a donde están estacionados los buggies. Verlos en persona no hace mucho por calmar mis nervios. Básicamente, estamos a punto de montarnos en una silla con ruedas y unos cuantos tubos a su alrededor. Matt, nuestro instructor, nos explica cómo arrancar y frenar, cómo ponernos los cinturones de seguridad, y “por si acaso”, de dónde agarrarnos en caso de que el vehículo se voltee. “Pero nunca lo he visto suceder”, me dice, y estoy segura de que puede detectar mis nervios con todo y que mi cara está oculta bajo el casco.

Matt se sube en el primer buggy de la fila y nos pide que sigamos las marcas que va dejando en el camino. Ya es demasiado tarde para arrepentirse.

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¡Arrancamos! El terreno frente a nosotros está lleno de piedras, y el volante parece no obedecerme cuando intento esquivarlas. Mi buggy va de un lado a otro como por voluntad propia, y no sé si concentrarme más en no treparme en una roca gigante o en no perderme del grupo. No quiero ser la primera persona que voltee su vehículo en la historia de Sunbuggy.

El trayecto

Después de unos minutos, entramos en una zona llena de pequeñas colinas, que nos obligan a dar vueltas, a subir y a bajar entre el paisaje árido. Poco a poco, voy controlando mejor el buggy. Entre gritos y risas que nadie escucha más que yo misma, empiezo a hacerme amiga del buggy y de la tierra que recorremos.

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Y la tierra no deja de sorprenderme. De un momento a otro, el desierto pierde su superficie rocosa y se convierte en un tapete de arena lisa, con dunas de un color café claro que contrastan perfectamente con el brillante azul del cielo. Una parte de mí no quiere arruinar esa textura –a otra le urge probar qué se siente manejar sobre ella.

Mientras vamos dejando nuestras huellas en la suave arena, alcanzo a ver, muy a lo lejos, el skyline de la ciudad. Y es que casi había olvidado que estaba en Las Vegas. De hecho, casi había olvidado cualquier pensamiento. La adrenalina de la velocidad y lo impredecible del territorio lograron lo casi imposible: sacarme de mi propia cabeza.

El último tramo del camino nos exige dominar una gran bajada para después manejar por un plano lleno de piedras. Con confianza, piso el acelerador con más fuerza y le doy un último vistazo al desierto, que ya no se ve tan intimidante como hace un par de horas.

 

Por Cristina Alonso