BARCELONA, CATALONIA, SPAIN - (Photo by Paco Freire/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)
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Para algunas ciudades del mundo como Barcelona, Venecia, Mallorca o Roma, los turistas han dejado de ser totalmente bienvenidos. Para sus habitantes locales, los visitantes se han convertido en bestias depredadoras de las que hay que cuidarse. Esta es la era de la turismofobia.

A la humanidad le ha gustado viajar desde siempre. Así es como dice la historia oficial que llegamos a poblar cada rincón del planeta. Sin embargo, esta época de nuestra existencia representa un conflicto entre quienes quieren descubrir un lugar y quienes viven en él.

Desde hace algunos años, el concepto turismofobia comenzó a acaparar la atención en medios de comunicación y en redes sociales. Pero esto ya ha escalado a niveles que no podemos ignorar. En Barcelona, dos activistas de la organización Arran se encadenaron al dragón del Park Güell, un emblema de la ciudad española. La pancarta que portaban sintetizaba los motivos de su acción:¡Basta de turismo masivo!

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Mensajes como este han aparecido ya en diversas partes del mundo. Letreros destinados a otorgar información a los paseantes donde se puede leer ¡Fuera turistas! o bardas con pintas con la leyenda “hipsters y turismo nueva forma de terrorismo,” dejan algo en claro: No quieren más visitantes.

La pregunta es ¿por qué? ¿Por qué ciudades en las que el turismo es una de sus principales fuentes económicas, ya no quieren recibir más visitas? La respuesta, aunque suena simple, es más bien compleja. Turismo depredador.

Esta definición parece dramática. Apocalyptica. Sin embargo, lo que los fóbicos reclaman de las llegadas masivas de visitantes es que modifican su estilo de vida. En lugar de que quien arriba viva la experiencia de los locales, son los habitantes de la ciudad en cuestión quienes se ven obligados a alterar su cotidianidad en función de los que llegan.

(Photo by Alvaro Hurtado/NurPhoto via Getty Images)

Un ejemplo claro, quizá el que más preocupa y enfada, es el tema inmobiliario. Las rentas incrementan en las temporadas vacacionales, obligando a ciudadanos a desplazarse durante estas fechas. Es insostenible, han alertado diferentes grupos y asociaciones que han surgido como mecanismo de contención.

¿Viajar está mal? nos preguntamos. La respuesta es no. Definitivamente no. Lo que sí está de pensarse es que, si nuestras vacaciones atentan contra derechos básicos de los habitantes nativos de los lugares que visitamos, algo no está funcionando.

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¿Debemos dejar de viajar? Otra vez, no. Sin embargo si tenemos que plantearnos la posibilidad de ser mejores viajeros. Turistas respetuosos capaces de adaptarnos a las culturas, estilos de vida y cotidianidades de los sitios que deseamos conocer. Contaminar menos. Aprender más de ellos y continuar con este intercambio que nos consolida como sociedad.

En ese sentido, ciudades como la propia Barcelona se ha unido a Venecia, Malta y Lisboa para reflexionar sobre este tema. Juntas, crearon una red de urbes que buscará combatir de forma frontal y directa la industria turística desmedida y rapaz. Como en otras fobias, la respuesta parece estar en la comprensión y el diálogo, así como a la implementación de dinámicas turísticas que no sean salvajes y que dejen experiencias negativas para todos.