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De mi papá heredé el amor incondicional por los viajes, la comida y la cultura de Italia, la tierra de su mamá. Cuando llegó su cumpleaños número 60, mi papá, sabiamente, decidió celebrar con un viaje familiar a la Toscana, recorriendo en coche algunos de los pueblos más bonitos de la región.

Desde meses antes, el festejado planeaba el viaje hasta el último detalle: en Siena visitaríamos el Duomo; en Montepulciano, varias bodegas familiares para probar el vino local; en Florencia, la parada obligada en la Galleria dell’Accademia para admirar el David de Miguel Angel. Al llegar a Italia, cumplimos el itinerario casi al pie de la letra. Pero la pequeña ciudad de Pienza nos recordaría rápidamente que ni el planeador más cuidadoso puede mantenerlo todo bajo control (papá, si estás leyendo esto, sabes que es verdad).

Un par de vueltas incorrectas en las colinas toscanas significaron que llegamos a Pienza más tarde de lo esperado, y como sucede en gran parte de Europa –particularmente en los pueblos y ciudades pequeños–, los restaurantes habían dado por terminada su hora de comida. Pésima noticia para un grupo de mexicanos hambrientos, acostumbrados a encontrar comida en cada esquina e ilusionados por el plato de pasta gigante que se iban a comer.

El factor sorpresa

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Caminamos sin rumbo ni esperanza durante varios minutos hasta que encontramos el único establecimiento abierto de la ciudad, un diminuto restaurante que no prometía mucho más que mantenernos en pie hasta la hora de la cena y bajarnos el mal humor. A estas alturas, no pedíamos más. Pero el dueño del restaurante tenía planes más ambiciosos para nosotros.

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En cuestión de minutos, empezaron a desfilar por la mesa tablas con carnes frías –salami, mortadella, prosciutto– y queso pecorino, el tesoro local. Nuestras copas se llenaban y rellenaban mágicamente de vino mientras recibíamos enormes platos de lasagna y papardelle con cinghiale. La despedida, una copita de limoncello, nos confirmó lo que sospechábamos ya: ni el planeador más cuidadoso puede superar el factor sorpresa.

por Cristina Alonso