Atrás quedaron los días cuando un guía nos contaba las historias mientras visitábamos lo “abierto al público”. Hoy, desayunar con una familia bereber en Marrakech, es sólo el comienzo de la jornada.

Mourad, un habitante de la aldea de unos 30 años, me esperaba al pie de la montaña. Estábamos listos para subir. Un kilómetro y medio después de escalar por estrechas vereditas empedradas que compartíamos con las mulas, llegamos a casa de Ahemd, su vecino. En la terraza de la pequeña construcción de adobe, encontré una mesa lista para el desayuno. “Aquí, tener una terraza es símbolo de estatus”, aseguró mi guía. “Ahora vas a presenciar la ceremonia del té. Mientras más se levante la jarra, significa que el invitado es más importante”, y Ahmed, en un gesto de amabilidad, levantó la jarra hasta que las gotas casi salieron de la taza. Ahí supe que, en Marruecos, hacen dos desayunos, dos comidas y una cena (el trabajo físico en las montañas requiere una muy buena alimentación).

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Caminamos media hora más y nos detuvimos en casa de Mourad para conocer a su esposa y a su hija de tres años; fumamos un cigarro en la terraza, me habló sobre el Islam y continuamos con nuestro camino para llegar a comer, ahora en la casa de Mohamed, quien nos recibió con un plato de vegetales preparados con jengibre y una manzana como postre. De regreso, el chofer me platicó que, hace 14 años, una mujer abrió un Rick’s Café en Casablanca y confirmé lo que había pensado desde el desayuno: aún más que el cine, lo que nos hermana sucede en la mesa.