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Emiliano tiene seis años y sonríe al ver que el policía le pone un sello color morado en su pasaporte. Lo revisa y comienza a repetir: “República de Costa Rica…de Costa Rica… Costa Rica”. Ésta es la peculiar versión de un padre sobre un viaje que su hijo nunca olvidará.

“Hoy toca conocer el orgullo de la región, el parque Manuel Antonio, uno de los más visitados del país y también de Centroamérica…”, y Emiliano lo interrumpe con un “¡Pura vida!” que parece salido del corazón. Hoy, no puede despegarse de la muletilla más famosa del país. Se olvidó de “gracias” y lo sustituyó, con gusto, por el agradecimiento más popular. La verdad es que adoptó y encarnó la forma de relacionarse entre los locales y, ahora, no para de repetirlo. “¡Pura vida!” para esto y “¡Pura vida!” para aquello. Ante tanta repetición, Esteban prefiere cambiar el relato sobre el origen del parque y sus proyectos para contar varias de las versiones que explican el origen de la popular frase, incluyendo aquella que hace honor al legendario comediante mexicano Antonio Espino “Clavillazo” y en la que se le menciona como su creador.

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Hemos recorrido apenas 500 metros dentro del parque y el ojo del guía no para de impresionarnos. Camina dos pasos y entre tonalidades de verde, encuentra una araña diablo. Da dos pasos y, sin usar el telescopio, ya ubicó perfectamente al tucán. Luego vienen los monos ardilla y, adelante, un cangrejo tigre. El parque es su oficina y sabe dónde están todas las piezas. Desde que estudió en la OET (Organization for Tropical Studies) ha aprendido a distinguir entre camuflajes; a entender de sonidos y posiciones… y a explicarle a los niños cómo es posible caminar por aquí.

Con la dificultad que implica hablar sobre la creación artificial de un corredor biológico para que los animales del parque puedan procrearse con los de otras zonas y no sólo con los de su familia, nuestro guía sostiene su explicación gracias a la aparición, en el camino, de una familia de monos cara blanca, los cuales reclaman todo el interés de Emiliano. Los ve, pregunta por su comida, los vuelve a ver y, cuando está a punto de preguntar, rumbo a la playa de Manuel Antonio, aparece un mapache y, detrás de él, otro más. Están de regreso y lo vuelven a cautivar.

Sujeta con fuerza al guía del pantalón y empieza a preguntar:
“¿De dónde vienen?”, “¿por qué comen donas?”, “¿por qué roban?”, “¿son malos?”, “parecen buenos…”. El guía tarda poco en explicarle todo con claridad. “El problema, Emiliano, no es que aparezcan y sean hábiles para robar cada mochila o bolso que dejemos por ahí durante 10 segundos. Tampoco es problema que no le tengan miedo a los humanos. El verdadero problema es que se les ha detectado diabetes y, consumir estos productos, les ha generado complicaciones en su manera de vivir. El cambio de dieta les ha costado dientes y ellos no lo entienden, pero nosotros sí y debemos devitar que sigan con las donas”.

Emiliano escucha. Ya no quiere preguntar más. A lo lejos, la playa Manuel Antonio lo empieza a llamar y, tras entrar al mar, sólo pide algo más: “Papá, cierra bien las puertas, para que el mapache no pueda entrar. Y tira las donas, ya no quiero más”.

Aquí, el agua del mar es muy clara. Luego de varios minutos, el cielo suelta un par de relámpagos, aún con el sol en su mejor posición, y nuestro guía nos dice que el tiempo en el parque ha terminado y hay que volver. Entre monos y arañas, y entre aves y ranas, Emiliano, ahí va, en medio de todo. Con la naturaleza por encima de él.