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Para conocer una cultura hay que adentrarse a su forma de vida. Eso fue justo lo que hicimos en el desierto del Neguez, Israel. Vivimos como beduinos durante 24 horas.

El trayecto comenzó al mediodía,cuando salimos de Haifa con dirección al Neguev, el gran desierto de Israel. Tras asistir a unas vistas increíbles que contrastan la arena con vegetación, llegamos a la aldea de los beduinos, quienes nos dieron la bienvenida con un hirviente té de especias, servido con mucha azúcar, al tiempo que uno de ellos nos indicó cuál sería nuestra carpa. Nosotros elegimos pasar la noche a la intemperie pero, para quien prefiera un techo, cuentan con habitaciones de hotel. El guía nos señaló una pila de colchonetas y sleeping bags para que tomáramos uno y nos pidió que nos sintiéramos como en casa. Sorprendentemente, la carpa de pelo de cabra era muy acogedora.

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No pasó mucho tiempo antes de que nos pidieran que nos pusiéramos unos pantalones largos, o sharwales, para montar un camello. Al subir al animal que, a pesar de ser tranquilo también es muy fuerte, debemos ser muy cuidadosos para no caer cuando es- tira las patas traseras, recoge las delanteras y el dorso queda totalmente inclinado.

El paisaje es espectacular: al atardecer, el desierto se tiñe de colores dorados para recortar la sombra del camello y su jinete contra la suave arena. Repentinamente, mi nariz se dejaba seducir por el aroma de la cena. Para comer, todos nos sentamos en el piso. Por cada seis personas, nos repartieron una olla con arroz, kaftas (albóndiga de carne árabes), tjine (salsa de ajonjolí), hummus y mucho –mucho– pan árabe recién salido del horno de piedra. Para terminar, sirvieron otra vez aquel té maravilloso y una selección de postres árabes preparados con esencia de azhar.

 

 

 

 

 

Al anochecer, nos abrigamos, tomamos unas linternas y nos separaron por grupos de 10 personas y así nos adentrarnos en el desierto. La luna iluminaba nuestro camino y alcancé a ver un cielo como nunca antes lo había visto: en él, una resplandeciente lluvia de estrellas atravesaba la Vía Láctea y navegaba entre las constelaciones. Ya era tarde, teníamos que ir a dormir, ya que en la mañana subiríamos hasta la cima para ver el amanecer y completar nuestra aventura.