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¿Existe algún gen que determine en las personas un deseo innato por recorrer el mundo? Me lo he preguntado una y mil veces, y siempre llego a la misma conclusión: No. El gusto por los viajes, de la misma manera que la preferencia por las golosinas picantes o el conocimiento sobre el vino, se va desarrollando poco a poco, casi siempre de manera inconsciente hasta que se ha vuelto una pasión que no puede controlarse.

Los primeros años de mi vida los viajes familiares se concentraron en la Península de Yucatán, de donde soy originario. Las visitas a la casa que mi familia tenía –y todavía tiene– en Celestún, los viajes a Holbox con amigos de mis papás y las ocasionales vacaciones por el centro del país están documentadas en los álbumes fotográficos.

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Fue hasta que cumplí seis años que viajé por primera vez a Disney World y que, por consiguiente, conocí Estados Unidos. No revelaré cuando tuvo lugar ese acontecimiento, pero fue en la época en que los pasaportes eran familiares y se ilustraban con una sola fotografía de todos sus miembros. Entonces no lo sabía, pero el descubrimiento de un nuevo país –con sus parque infantiles, centros comerciales y enormes hoteles– dejó en mí una semilla que me convertiría en el turista que soy en la actualidad.

Con no poco esfuerzo convencí a mis papás de que me enviaran a estudiar inglés un verano a Toronto. Con 18 años recién cumplidos salí de casa por primera vez y me enfrenté a algunas de las peripecias que los viajeros padecen de vez en cuando: retrasos, vuelos de conexión perdidos y maletas extraviadas. Sin embargo, nada de eso pudo opacar mi asombro ante la vida, aunque fuera por 30 días, en otro país; ante el descubrimiento de nuevas culturas; y, sobre todo, ante la embriagadora exploración de mi libertad y mi independencia. Experimenté nuevamente aquella sensación cuando, al graduarme de la universidad, me instalé un año en Estados Unidos para participar en un programa de intercambio académico. Sobrevivir a un invierno en Wisconsin fue mi prueba de fuego.

Después de esos meses, supe que no habría marcha atrás, que mi destino estaría íntimamente ligado a la exploración de nuevos territorios y al contacto con nuevas culturas. Mientras estudiaba la maestría en Madrid comencé a colaborar con distintas revistas y a familiarizarme con los mecanismos del mundo editorial. Las puertas se fueron abriendo una por una y, sin saberlo, me condujeron al periodismo de viajes.

Hoy, casi una década después de haber dado esos primeros pasos que me internaron en los terrenos de las crónicas y los reportajes, de las memorias y las entrevistas, de los ensayos y los editoriales, estoy convencido de que ser turista es una vocación que se alimenta y se reafirme en cada vuelo y en cada road trip, en cada tren y en cada barco, en cada nueva ciudad que se recorre, platillo que se prueba o persona con la que se habla.

Tal vez tomar un avión cada par de semanas no sea para todos. Los cambios de horario, los desvelos, las variaciones en el clima, el simple hecho de hacer las maletas… Cada viaje tiene retos inherentes y no siempre estamos en las condiciones ideales para enfrentarlos. Sin embargo, también es cierto que en cada uno de esos períodos en los que nos alejamos de casa, cambiamos de perspectiva, descubrimos nuevos territorios –interiores y exteriores– y nos vamos convirtiendo en personas distintas a las que se van.

Aún más, salir de nuestra zona de confort nos enseña importantes lecciones de convivencia, tolerancia, paciencia y solidaridad; volver a nuestro país y nuestra ciudad después de varios días nos recuerda que es bueno echar raíces y nos ayuda a valorar lo propio, lo que nos da identidad.

Es así como he entendido que uno de los mayores privilegios de mi trabajo es poder viajar para poder contar las aventuras que vivo en cada uno de los puntos del planeta que he tocado. Luchar contra el jetlag; escribir en un avión mientras todos descansan; dormir pocas horas al día porque, a pesar de estar lejos, uno no se puede desconectar de la oficina; y ser siempre el ausente en las ocasiones importantes para nuestra familia o amigos son algunos de los precios que se tienen que pagar cuando haces lo que te apasiona.

Pocas personas pueden decir que su trabajo sea recorrer el mundo para contarlo y, cuando viajar es una de tus más grandes pasiones, lo único que te queda por hacer es dar las gracias a todas aquellas personas que te hicieron saber que ahí afuera hay todo un mundo por descubrir. Hoy que es el Día Mundial del Turismo escribo estas líneas esperando que mis palabras puedan convertirse en esa semilla que en algún tiempo hagan que alguien se embarque en su propia aventura. A final de cuentas, antes que ser periodista, fui turista. Y la sabiduría popular dice que los primeros amores jamás se olvidan.