Situada en la corriente del Labrador, junto al ‘Callejón de los Icebergs’, Fogo Island es un territorio remoto y desconectado que, entre sus curiosidades, debe su nombre a la historia de su descubrimiento. Durante la Colonia, una flota portuguesa descubrió, en medio de los bloques de hielo que flotaban a su alrededor, atisbos de fuego. Ahí descubrieron un territorio en donde surgían pequeños incendios sin razón alguna. Y, con la misma facilidad con la que prendían, la niebla los apagaba.

Llamada desde entonces Fogo Island, esta ha sido habitada por amantes de la naturaleza, quienes han sabido adaptarse al entorno para crear espacios cálidos en medio del paisaje congelado. Esta postal es Canadá en su versión inexplorada, inmune al paso del tiempo y al turismo masivo; rodeada por dramáticas bahías, relieves naturales y vistas únicas al mar.

Enclavada en el terreno rocoso, una estructura de madera volada alberga al Fogo Island Inn, un hotel boutique que rinde tributo a la riqueza natural, recupera la historia de la región y reinventa las tradiciones de su sociedad.

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El casco del hotel recupera la práctica vernácula de crear estructuras temporales, pues en un inicio se prohibía a los colonos crear residencias permanentes para no dañar a la isla. Así, se optó por edificios hechos de madera, dispuestos sobre estructuras ligeras que apenas descansaran sobre el paisaje y pudieran ser transportados con facilidad. La naturaleza atemporal de estos espacios fue una fuente de inspiración para el diseño del nuevo edificio, que utilizó solo materiales naturales en su construcción para alcanzar el equilibrio con el entorno.

Para llegar a la isla, debes de volar a Toronto y, después, a Gander. Una vez ahí, Fogo Island Inn organiza el transporte hasta la isla, sea en coche, por una estrecha carretera que atraviesa el mar, o por helicóptero.