pan de huesos
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El hambre hace perder la cordura a cualquiera, y a lo largo de la historia lo hemos comprobado con hechos y platillos insólitos, casi inverosímiles, como lo es el pan de huesos que alguna vez se preparó en Francia.

Por supuesto, esta barbaridad no fue resultado del ocio. Para entrar en contexto, hay que tomar en cuenta dos cosas: la primera es que, si bien el pan es uno de los grandes clichés parisinos, hay una razón para que lo sea: en los siglos XV y XVI, el ciudadano promedio consumía entre medio y un kilo al día. Lo segundo que hay que considerar es que París sufrió numerosas ocupaciones a lo largo de su historia. Y la situación es la misma, sea donde sea: en un territorio en crisis, el hambre es inevitable.

El tétrico pan ocurrió en 1589, tras la muerte del rey Henri III, en plena guerra religiosa. Su primo, Henri III de Navarra –quien a pesar de haber sido bautizado como católico, creció como protestante– era el heredero inmediato. Para que pudiera subir al trono tuvo que pasar una guerra civil de cuatro años contra la Liga Católica, un grupo anti-protestante aliado con la Corona Española.

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Tras su victoria, Henri se movió con sus tropas hacia París, se apoderó de varios pueblos y quemó todos los molinos, con lo que hizo que fuera prácticamente imposible que los parisinos hicieran pan. Es ahí cuando ocurrió lo impensable: los ciudadanos primero se comieron los perros y mulas, luego los perros y gatos. Después optaron por pasto, y finalmente por el “pan de Madame de Montpensier”, que estaba hecho, según el escritor Pierre L’Estoile, de “huesos de nuestros antepasados”. El nombre viene de Madame de Montpensier, una integrante poderosa de la Liga Católica, quien “exaltó esta invención (sin siquiera querer probarla)”.

Los textos de la época cuentan que para hacer este pan, la gente desenterraba cadáveres del cementerio y hacían harina con los huesos para luego hornearla. Sin embargo, no era un buen reemplazo para el gluten: incluso dejando a un lado su extraño origen, un pan hecho de huesos no se aglutina, y por lo tanto se deshace fácilmente. Además, su valor nutrimental es prácticamente inexistente.

Después de una hambruna que dejó entre 40 y 50 mil muertos, Henri analizó sus actos y permitió a su ejército dar comida a los parisinos. Al poco tiempo, terminó la ocupación y se convirtió al catolicismo, una religión que, curiosamente, cree en la transustanciación y come el cuerpo de Cristo por medio del pan.