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La laguna de Bacalar ofrece uno de los escenarios naturales más sorprendentes del país. Por la diferencia de profundidades y la intensidad de los rayos de sol, sus aguas muestran siete tonalidades distintas de azul que van desde el turquesa hasta el marino profundo. Hoy, esta gama de colores está desapareciendo, y la culpable es la contaminación.

En 2007, Bacalar fue declarado Pueblo Mágico y, desde entonces, su popularidad nacional e internacional ha crecido exponencialmente. Y esto ha traído desventajas. De acuerdo con el New York Times, la cantidad de basura generada sobrepasa la capacidad e infraestructura de la ciudad. Los desperdicios olvidados y el drenaje contaminado forman ríos negros que desembocan en la laguna de los siete colores, propiciando su desequilibrio.

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Según el mismo reporte, las aguas residuales ocasionan la proliferación de microalgas que obstruyen el paso de la luz y pueden provocar infecciones, amenazando la conservación de las especies que habitan o visitan Bacalar.

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Los fertilizantes también juegan un papel importante, pues promueven el crecimiento de algunos grupos de algas, y esto, a su vez, resulta en el aumento de temperaturas y bacterias capaces de cambiar la apariencia de la laguna.

Los cambios se dan con una velocidad pausada que hace que no sean muy evidentes a primera vista, pero los tonos característicos se han ido perdiendo en los últimos cinco años.

Mientras los científicos trabajan por encontrar la manera de frenar estas alteraciones, y se crea la infraestructura necesaria para lidiar con el turismo masivo, es importante que los viajeros tengan especial cuidado cuando visiten Bacalar. Aquí, como en cualquier otro lugar, hay que apostar por una dinámica de sustentabilidad.